Magnífico Camarena

No siempre se hace el énfasis suficiente en que nuestra zarzuela no es –ni ha sido- un género ajeno a los grandes cantantes de ópera de todas las cuerdas, de todas las épocas y de diversas nacionalidades. Ello probablemente se deba aque la fuerza, expresividad, musicalidad y pasión presentes en nuestro género musical son elementos profundamente atractivos para cualquier cantante que se precie. Si nos circunscribimos a los tenores, los máximos exponentes en el ámbito latino-canoro, han intercalado en sus conciertos, o al menos han grabado, las páginas más significativas que la zarzuela ha brindado a esta cuerda.

   Éste podría ser el caso del ya internacionalmente tenor Javier Camarena (1976), que ha encontrado un hueco después de las representaciones de La favorite en el Teatro Real de Madrid para acercarse de una forma más profunda al repertorio zarzuelístico, desgranando algunos de sus platos fuertes. En la rueda de prensa de presentación del concierto y durante el mismo, el artista resaltó la excelente oportunidad y el honor de poder cantar en el Teatro de la Zarzuela, como lugar de absoluta referencia de la zarzuela a nivel universal. El repertorio de la zarzuela, como hispanohablante, se siente –destacó- de forma muy distinta y profunda por parte del intérprete porque toca directamente las fibras más íntimas del artista.

   Recibido con una cálida y prolongada salva de aplausos, muchos fueron los momentos a resaltar en este excepcional concierto, y aunque Camarena lo comenzó nervioso –como él mismo confesó-, haciendo frente a una gran carga de responsabilidad, supo liberarse de la tensión acumulada de forma paulatina. Una vez cubrió, de forma magistral, los dos primeros escollos de “De este apacible rincón de Madrid” y “Por el humo se sabe” (pieza mucho más comprometida para su voz por alternar tesituras por arriba y por abajo de la zona del pasaje), se lanzó con todos sus efectivos vocales –que pueden calificarse de inconmensurables, y no sólo por sus agudos y sobre agudos- hacia el resto del concierto, donde se alternaban piezas de bravura con otras de mayor orfebrería vocal. “Flor roja” fue un momento de deleite e introspección, de sutiles dinámicas en lo vocal, hecho aquél especialmente resaltado por el cantante para el que -comentó al público- “me gustaría estar en mejores condiciones: tengo aquí (en la garganta) algo ‘rasposito’ ”. Remató la primera parte con arrojo y pirotecnia vocal en la jota de El Trust de los Tenorios, finalizada con un impecable sobreagudo que removió a todo el público de sus asientos, aunque hacía ya tiempo que se había rendido a los inmejorables quehaceres del tenor.

   Ya en la segunda parte, hubo un momento muy emotivo, con una interpretación sobresaliente en intención y en el sentimiento, en torno a la figura de Paquita, Francisca Baena Coca (que había fallecido el día anterior), esposa del tenor Pedro Lavirgen, a la cuál dedicó “Adiós, Granada”, de la zarzuela Emigrantes, al haberse fijado Camarena en la versión del tenor cordobés como la que más le había gustado.“Paxarín, tú que vuelas”, de La pícara molinera, y la famosísima “No puede ser” constituyeron el perfecto remate a la velada por mor de los alardes vocales de nuestro artista. Rematada la primera con un soberbio sobreagudo (‘alla Kraus’), con filado incluido, y la segunda con pasionales y efectistas agudos compitiendo con el forte de la orquesta, llevaron al máximo goce a un público enardecido, que aplaudió de pie durante muchos minutos, muy cerca del borde de la locura colectiva.

   En consonancia con el altísimo resultado obtenido por Javier Camarena en este concierto, también contribuyeron con adecuadas réplicas, aunque con resultados menos superlativos, la Orquesta de la Comunidad de Madrid y el debutante Iván López-Reynoso, que supo solventar con empaque, capacidad de matización y buen gusto el enfrentarse de nuevas a los preludios e intermedios programados, así como hacer gala de una –en general- buena compenetración con el cantante. Destacamos, de entre ellos, las interpretaciones delos intermedios de La boda de Luis Alonso y de La leyenda del beso a los que el maestro supo insuflar de la prestancia y del ajuste alosadecuados estilos de piezastan elaboradamente orquestadas (como es la de Gerónimo Giménez) o melódicamente delineadas, como la de Soutullo y Vert.

  La locura colectiva comentada, los piropos continuos del público hacia el artista: “¡Eres la honradez de la lírica!”, “¡Viva México!”, etc., llevaron a que nadie quisiera marcharse sin disfrutar de las correspondientes propinas que vinieron en la parte orquestal de la mano del mexicano Arturo Márquez (1950) y su descriptivo y rítmico Danzón núm. 2, así como Alma mía, de la mexicana María Grever (1885-1951). Para finalizar, Granada, de Agustín Lara (1897-1970), cantada con un derroche de facultades increíbles para el final de un concierto exigente, así como la repetición de la jota de «El Trust de los Tenorios», terminadas ambas en el registro sobreagudo.

Ojalá el debut–aunque con repertorio totalmente nuevo para él- de Javier Camarena en el Teatro de Zarzuela,con una voz de lírico-ligero en estado de gracia, y pleno de facultades,sea el comienzo de una serie de visitas periódicas del tenor aprovechando que se encuentre en Madrid (o al menos en España). Si por pedir, que no quede, nos encantaría que el Teatro de la Zarzuela encontrase una zarzuela u ópera española a la medida de los grandísimos medios vocales de Camarena (estamos pensando en Marina, en Doña Francisquita, El huésped del Sevillano, etc.), por lo que lanzamos el reto a quien corresponda.